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Destino II. Epidemia. » Meidas de seguridad
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Sábado 8 de Abril de 2017, 04:07
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Meidas de seguridad

XI

Medidas de seguridad

 

Astucieus agradeció que Érix Kunne conversara con su gemela. Se planteó la posibilidad de que la menor de las hermanas reemplazase al joven en la supervisión, pero recordó que los propios Kunne habían escogido el puesto a supervisar y él, al hallarse en un escalón inferior en la jerarquía, apenas y tenía voz y voto. De cualquier forma, existía la posibilidad de que un cambio no marcase mucho la diferencia, sobre todo, si los Kunne eran todos tan rectos y meticulosos como había expresado Bryant sobre Elina.

Miró a su compañero de reojo. A pesar de lo exhausta que había sonado su voz por el enlace telepático, Bryant conservaba muy bien las apariencias. Se veía cansado, sí, pero su postura de espalda recta y su fluida conversación ocultaban lo agobiado que pudiera haberse sentido. Astucieus debía reconocer que incluso, el Quinto al mando tenía cierto talento para las relaciones políticas, algo que no había demostrado antes de su aventura en la Tierra.

—¿Señor Thrampe?

La voz de Érix le crispó los nervios. Aun así, supo componer una expresión mesurada.

—¿Sí, señor Kunne?

—He pensado acerca de esas autorizaciones y…

Eso fue todo lo que escuchó. Y no porque el tema no le resultase de importancia, sino porque era como la cuarta vez que Érix lo sacaba a colación, siempre con un «nuevo enfoque». Asintió cuando era conveniente, arqueó las cejas y rebatió la idea del hombre con educación y los mismos argumentos que la vez anterior, sólo que, al igual que él, con un «nuevo enfoque».

—Por todos los Dioses, Érix, para ya —protestó Ebe ante la insistencia de su hermano por el tema—. Hace horas que finalizó la jornada, deja al señor Thrampe cenar tranquilo.

Astucieus casi le hace un altar a la mujer.

—Pero esto es importante y...

—Ebe tiene razón, hermano —apuntó Electra y bebió con elegancia de su taza de té—. Dale y date un respiro.

Érix iba a protestar, pero alguien llamó a la puerta. Astucieus desvió la mirada, y concluyó que en el altar iba a poner también una foto del soldado que acababa de llegar.

—¿Qué sucede, soldado?

—Hay una erudita en los límites de la morada, señor. Solicita hablar con usted o con el Quinto al mando. Dice traer noticias urgentes sobre la señorita Monanti.

—¿La señorita Monanti? —Érix se enderezó—. ¿Qué clase de noticias?

—Creí que la señorita Monanti no podía ponerse en contacto con ustedes, señores Garque —objetó Eunice con una ceja en alto—. Soldado, ¿sabe si el Saigrés está enterado de esto?

—Lo está, mi señora —el hombre mostró un broche de plata con forma de la cabeza de una lechuza—. La misma señora Txaran ha enviado a la muchacha.

—Iré a ver de qué se trata —Bryant se puso de pie y tomó el broche de las manos del soldado. Miró a Astucieus—. Te informaré por el canal telepático.

—No, Dikoudis, iré yo —Astucieus se levantó y le tendió la mano para recibir el broche—. Espera aquí con nuestros invitados.

Bryant iba a protestar, pero se contuvo. Asintió, y le entregó el broche plateado a su superior.

—Iré con usted, señor Thrampe —intervino Érix puesto en pie.

Bryant le disparó al hombre una mirada que, de haber podido, lo habría asesinado en contra de todo pronóstico.

—Con el debido respeto, señor Kunne —dijo en tono afilado, Astucieus lució sorprendido de escucharlo hablar de esa forma—. Pero su interés por lo ocurrido podría ser contraproducente. Al señor Thrampe lo espera una erudita, seguramente alguien aspirante a ser Garque, y podría tomar su presencia como una especie de favoritismo hacia la señorita Monanti.

—El señor Dikoudis tiene razón —habló Elina—. Es mejor que te quedes y esperes, hermano. En cuanto el señor Thrampe le informe algo, sin duda el señor Dikoudis lo compartirá con nosotros, ¿no es así, señor Dikoudis?

—Así lo haré, mi señora —Bryant inclinó la cabeza—. Tiene mi palabra.

Érix no lució muy convencido, pero asintió. Astucieus despachó al soldado y salió al corredor para desaparecer, no sin antes enviarle a Bryant un mensaje.

«Y luego dices que no estás celoso.»

«Oh, cállate y vete.»

Reapareció en los límites de la morada, al instante los guardias que los custodiaban desactivaron la protección y le abrieron camino, no obstante el Garque se detuvo en seco al ver de quién se trataba.

La recordaba de la última reunión que había tenido con las bakemono. Gabriella Altus, la responsable de la muerte de Chihiro Wakana. Llevaba la túnica de candidata puesta, gris en contraste con su ondulada cabellera caoba.

—Señor Thrampe —le saludó ella con los hombros muy tensos, sin dudas también lo recordaba—, gracias por contestar a mi llamado.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita...?

—Altus, señor. Gabriella Altus —le siguió el juego ella, ya que se suponía era la primera vez que se veían.

—Bien, señorita Altus. Mi guardia indicó que tenía un mensaje importante que darme, acerca de la señorita Monanti.

Gabriella carraspeó y miró de reojo a los soldados, pero Astucieus ignoró su gesto.

—Han intentado asesinar a la señorita Monanti, señor.

—¿Qué? —casi gritó Astucieus—. ¿Cómo que...? —sacudió la cabeza—. Venga conmigo, por favor.

Giró sobre sus talones y se adentró de regreso en la morada, con Gabriella siguiéndolo de cerca. Astucieus se detuvo al llegar a una puerta corrediza, la cual deslizó a un lado permitiéndole el paso a la muchacha. Aseguró la estancia y se volvió, Gabriella repasaba su entorno con disimulo. El lugar no tenía nada de extraordinario. Se trataba de un recinto decorado en tonos pastel, con incienso dulzón flotando en el ambiente, además de una mesa de té en el centro, alrededor de la cual se distribuían sencillos butacones.

—Explíquese —le instó Astucieus sin siquiera invitarla a tomar asiento—. ¿A qué se refiere con que han intentado asesinar a la señorita Monanti?

—En realidad, la han envenenado. Acabábamos de regresar de cenar cuando ocurrió. Alguien le envió una caja de chocolates envenenados. Ninguna de nosotras vio quién dejó la caja, pero Elizabeth estaba segura de que el señor Kunne se la había enviado, por lo que no sospechó. El veneno fue de reacción rápida, produciendo obstrucción de las vías respiratorias y hemorragia interna —se estremeció—. Afortunadamente una de nosotras posee el don de la sanación, y se pudo evitar una tragedia. Hemos llevado a la señorita Monanti a la enfermería número uno, las señoras Txaran y Dadle se han quedado con ella y me han enviado a buscarle.

—Ha hecho bien. Y gracias por el informe tan…completo.

—No hay nada que agradecer, señor. Quizás no conozca mucho a Elizabeth, pero me parece que es una buena persona. Nadie que reconozca tener una deuda con ella por habernos librado del rey Tyr debería ser capaz de algo como esto.

—Y eso me lleva a preguntar… ¿en el poco tiempo que lleva ella en los dormitorios, existe alguien que le profese poco aprecio?

—Es probable —Gabriella pareció meditarlo—. En especial, hay una de nosotras que cree fervientemente en los rumores que la señora Dadle ha infiltrado sobre ella, acerca de su participación en las pruebas. Sin embargo, ha sido ella quien la ha sanado.

—¿Por voluntad propia? —inquirió Astucieus con una ceja arqueada—. ¿O porque la situación la ha alterado?

Gabriella curvó los labios en una sonrisa torcida.

—Por ninguna de las dos, señor. Otra de mis compañeras, la señorita Kya Kalonice, ha incinerado la puerta del cuarto de baño dentro del cual se hallaba Andrómeda, y literalmente la ha arrastrado fuera para que curase a Elizabeth.

Astucieus enarcó ambas cejas.

—Interesante. ¿Para qué puesto juega la señorita Kalonice?

—Tercera al mando, señor.

—¿Y usted?

Gabriella dudó por unos segundos, pero al final respondió:

—Segunda al mando, señor.

—Bien  —el hombre retiró las protecciones y abrió de nuevo la puerta—. Gracias por su colaboración, señorita Altus. Puede regresar a los dormitorios de las aspirantes.

Gabriella parpadeó, confundida.

—Yo… pensaba regresar a la enfermería, señor.

La diplomacia de Astucieus se desmoronó cual castillo de arena. Fue su turno para sonreír, pero con malicia.

—Qué coincidencia, mi destino es el mismo. Sin embargo, hay una cosa que debe aprender, señorita Altus, y es que aún no sube al poder, por lo que está obligada a caminar —realizó un pomposo ademán hacia la salida—. Que tenga buena noche, señorita Altus.

Gabriella apretó manos y dientes, pero no dijo nada. Abandonó la estancia con paso fuerte, Astucieus la siguió con la vista hasta que hubo traspasado los límites y a los guardias.

—Ni en tus mejores sueños tomarás mi puesto, muchacha incompetente —musitó, todavía con una sonrisa en los labios, antes de correr de regreso la puerta y teletransportarse a la enfermería número uno.

Al materializarse de nuevo, se topó con el cuadro de Itzal, Megan y…Beryl en el pasillo. Se preguntó si la presencia de esta última no era una especie de karma por haber dejado atrás a Altus, pero decidió no darle mayor importancia y centrar su atención en lo verdaderamente trascendental, que era la presidenta del Saigrés acercándose.

—Señor Thrampe —lo saludó la erudita con expresión angustiada—, gracias a los Dioses que ha podido venir cuanto antes. La señorita Monanti está dentro, la enfermera determina si es recomendable que se quede o si es mejor trasladarla a un hospital… —parpadeó—. ¿Y la señorita Altus?

—La he enviado de vuelta a los dormitorios de las candidatas —el hombre le regresó el broche de plata—, no sin antes agradecerle toda la ayuda prestada, por supuesto.

—Espero no le diera a entender que la favoreceremos de alguna forma, señor Thrampe —intervino Megan con su habitual tono insinuante.

—Para nada, señora Dadle, por el contrario, me parece que le he dejado muy claro ese punto. Ahora si me disculpan, me gustaría entrar a ver a Elizabeth…

—Oh,  me temo que eso no será posible —los labios de la vicepresidenta se curvaron en una sonrisilla odiosa—, le recuerdo que tiene prohibido cualquier tipo de contacto con ella y…

—Oh, Megan, por amor a Amaterasu —la cortó Itzal con irritación. Astucieus no evitó lucir sorprendido, rara vez la presidenta lucía alterada por algo—. Haremos una excepción esta vez. Y no, no está en discusión —miró al Garque—. Adelante, señor.

Astucieus se adentró en la enfermería antes de que Megan tuviera tiempo para replicar. Casi al momento, el olor a antiséptico llegó a su nariz y lo hizo torcer el gesto en una mueca de desagrado. Tanto las paredes como el suelo eran de un color blanco nacarado, con camas bien distribuidas por el perímetro, separadas por cortinas; en la más alejada una enana subida a un banquillo terminaba de examinar a una inconsciente Elizabeth.

—Señora Txaran, le dije que esperara afuera y… —la mujer se auto cortó al detectar la presencia del Garque, aun así no pareció intimidada—. Ah, es usted.

—Sí, soy yo. Y exijo un reporte acerca del estado de la señorita Monanti, enfermera. Ahora.

La enana, de ojillos oscuros como los de un escarabajo, le extendió a Astucieus un sujetapapeles.

—Allí lo tiene —dijo con una sonrisa de medio lado.

Astucieus estuvo tentado a escupirle un chorro de ácido para desfigurarle la cara, pero se contuvo. Detrás de él, las tres mujeres acababan de entrar. El portapapeles de la enfermera era diminuto, y ni hablar de su caligrafía. Con todo y eso, se aventuró a leerlo. Bizqueó un par de veces y, al terminar, los ojos le escocían como si les hubiese entrado alcohol.

—Entonces —comenzó, devolviéndole el artilugio a la enfermera y parpadeando mucho, pero sin derramar ni una sola lágrima—, ha determinado no trasladarla.

—No será necesario. Aunque sí me gustaría tenerla aquí al menos por una semana, para comprobar que todo esté en orden.

—¿Una semana? —exclamó Megan—. Pero las pruebas comienzan en cuatro días y…

—Las fechas de las pruebas serán anunciadas en cuatro días —la corrigió Itzal—, mas eso no significa que la señorita Monanti presente su primera prueba entonces. Podemos acomodar su horario.

—¡Pero eso es mostrar favoritismo!

—Señoras, por favor —pidió la enfermera y se llevó un dedo a los labios.

—Es mejor que continuemos afuera —habló por primera vez Beryl—. Y en un lugar privado, de ser posible —agregó y le dedicó una mirada a Astucieus.

—De acuerdo. Enviaré un mensaje telepático al señor Dikoudis para que se reúna con nosotros en una de las salitas de té de la morada, y para que envíe a guardias a flanquear la entrada de la enfermería.

—¡Pero eso es…! —empezó a protestar Megan.

—Silencio —atajó Itzal con severidad—. No quiero oír ninguna queja más al respecto, Megan Dadle. No, al menos, hasta que no escuches todo lo que los señores Garque y mi protegida tienen que decir. ¿Queda claro?

La mujer apretó las manos en puños y tembló de la rabia.

—Sí, señora.

La anciana la contempló durante unos segundos, mas al final asintió, satisfecha, antes de abandonar la enfermería con calma. La siguió su sucesora, y detrás de ella, Beryl y Astucieus. Una vez afuera, el hombre les tendió los brazos a fin de teletransportarlos de regreso a la morada de los Garque, no sin antes enviarle un mensaje a Bryant para informarle acerca de lo sucedido.

No comenzaron la reunión sin él, y cuando por fin apareció, Astucieus notó la tensión en sus hombros y el brillo fiero en sus ojos verdes, por lo que dedujo que había discutido con Érix Kunne. Esperaba que al menos no hubiese metido las cuatro, o el susodicho se desquitaría con él en la supervisión de mañana.

—Disculpen la tardanza —expresó el castaño con la mandíbula trancada, yendo a ocupar un lugar al lado de su compañero—, pero los miembros del Verzaik estaban preocupados por lo acontecido con la señorita Monanti, y hube de tranquilizarlos primero antes de presentarme.

—Pierda cuidado, señor Dikoudis—cabeceó Itzal condescendiente. Miró a Astucieus—. Señor Thrampe, cuando guste.

Astucieus pasó la mirada por cada uno de los presentes, hasta posarla en Beryl, quien pese a todo le dedicó una ligera sonrisa y asintió, como dándole apoyo.

—Hay un vaticinio acerca de la señorita Monanti.  Y no, no me refiero al realizado por la fallecida pitonisa Sheila Wonna, sino por su hija, la señorita Beryl, aquí presente. Dicha predicción me fue transmitida hace unos días, y a su vez, la señorita Wonna ha enviado una transcripción de la misma junto con sus impresiones al Quinto al mando.

—A simple vista, la profecía parece de tipo neutro —tomó la palabra Bryant—. Es decir, que puede referirse tanto a acontecimientos benéficos como catastróficos, aunque en aras de lo que ha ocurrido, está claro que alguien quiere muerta a la señorita Monanti.

—No sólo eso —fue el turno de Beryl para hablar—. Alguien ha intentado aniquilarme por haber efectuado la profecía, por esa razón es que he venido a pedir asilo a la pirámide. De no haber sido por las técnicas de combate que el señor Thrampe me enseñó hace siglos, yo… —se estremeció.

—Pero estás a salvo, querida —la tranquilizó Itzal y le tomó una mano—. Nadie podrá herirte aquí.

—Ya no estoy muy seguro de eso, señora —intervino Astucieus, severo—. Si han podido llegar hasta la señorita Monanti y envenenarla, ¿qué garantía hay de que la señorita Wonna esté a salvo?

—¿Entonces qué sugiere, señor Thrampe?

—Que se les asigne una escolta. A ambas. Sólo que de diferente tipo: a la señorita Wonna podríamos asignarle una pareja de guardias, preferentemente del ejército, al fin y al cabo es una afamada pitonisa y no sería raro verla escoltada. Por otra parte, a la señorita Monanti sería conveniente asignarle un guarda en cubierto, alguien que pase desapercibido, incluso para ella. De esa manera, nadie creerá que hay alguna especie de favoritismo —enarcó una ceja contra la vicepresidenta—. ¿Está usted de acuerdo, señora Dadle?

—Lo estoy —masculló la anciana de mala gana—, aunque creo que la mejor opción sería que la muchacha fuera retirada de las pruebas.

—En realidad —habló Bryant—, yo opino lo mismo.

Astucieus alzó ambas manos, como para protegerse de los cuatro pares de ojos que de pronto se habían clavado en él.

—No tengo nada en contra de esa moción, pienso que el señor Dikoudis —enfatizó el apellido del joven—, podría ser un excelente gobernante. Sin embargo, he de recordarles que está la palabra de nuestro señor Zehel de por medio. Él quiere que mi pupila presente las pruebas, y él sabía que esto pasaría. ¿Por qué apoyar la causa, si supiese que acabaría en tragedia?

Nadie respondió. Beryl bajó la cabeza, Bryant abrió y cerró la boca, pero no emitió sonido alguno. Astucieus lo vio apretar las manos en puños y arrugar la frente con ligereza. Resultaba irónico que fuese precisamente la palabra de Zehel a lo que se estuviese aferrando para no asumir el poder.

—Tiene razón —suspiró al fin Itzal—, retirar a la señorita Monanti sería desafiar directamente los designios de nuestro señor —hizo la señal sagrada sobre la frente—. Si él así lo ha determinado, seguiremos su mandato.

—Entonces… —retomó Megan el hilo de la conversación—. ¿A quién piensa asignarle como guarda a la señorita Monanti?

Astucieus miró a Beryl.

—Va a disculparme, señorita Wonna, pero sobre este tema, me temo que sí he de excluirla. No es que desconfíe de usted, pero siempre se ha procurado que las identidades de los miembros de este grupo se mantengan lo más encubiertas posible.

La mujer se levantó.

—Pierda cuidado, señor Thrampe. Entiendo bien lo delicado de la situación —miró a su protectora—. Esperaré afuera.

—No, espérame en los límites, con los guardias, no quiero que estés sola en ningún momento.

—De acuerdo. Con permiso, señora Dadle, mis señores…

La pitonisa realizó una última reverencia antes de finalmente retirarse, cerrada de regreso la puerta Astucieus prosiguió.

—Hablaré con Isis Astarte, la líder de las bakemono. Considero que son la mejor opción en este caso.

—Las bakemono… —meditó Itzal—. Terrible pérdida la de Chihiro Wakana, aunque no dudo que su sucesora lo esté haciendo más que bien. Sí, concuerdo con que son la mejor opción —miró de reojo a su compañera y esta asintió, acorde—. ¿Y para la señorita Wonna? Espero piense en alguien igual de capaz.

—Por supuesto, señora mía. Según me ha informado el general O-shu, existen algunos soldados cuyo desempeño se muestra ejemplar, incluso me ha enviado una lista con sus nombres. La revisaré y seleccionaré a la pareja que mejor crea conveniente.

—¿Y qué hay del capitán Non Ludere? —preguntó Megan—. Tengo entendido que ha demostrado mucho coraje en la guerra contra Tyr, y que por esa razón fue ascendido.

—Si no mal recuerdo, el capitán Non Ludere se ha alistado para presentar las pruebas para Garque —le corrigió Itzal con el ceño fruncido—. No estoy segura, pero me pareció haber visto su nombre en la lista de candidatos.

—Comprendo.

—Si gusta —agregó Astucieus—, podría enviarle un breve resumen acerca del perfil psicológico y el desempeño militar de los soldados que seleccione para la guardia de la señorita Wonna, a fin de que la apruebe antes de serle asignada.

—Se lo agradecería muchísimo —asintió la presidenta—. Así me quedaría más tranquila —miró a Bryant—. Señor Dikoudis, ¿se encuentra bien?

El aludido suspiró y meneó la cabeza.

—Sí, mis disculpas. Ha sido un día extenuante y creo que el cansancio comienza a pasarme factura.

—Entonces los dejamos para que descansen —Itzal se levantó, seguida de Megan—. Señor Thrampe, espero su informe a la menor brevedad.

—Lo tendrá mañana de ser posible, señora —el Garque le rozó una mano con los labios—. ¿Desean que las teletransporte a los límites de la morada?

—Oh, agradecemos su amabilidad, pero gracias a los Dioses aún podemos caminar —le dedicó una cálida sonrisa a Bryant—. Que tenga buenas noches, señor Dikoudis.

—Igualmente, mis señoras.

Astucieus acompañó a ambas mujeres hasta la puerta, la cual cerró de vuelta en cuanto las hubo perdido de vista por el pasillo. Giró sobre  sus talones y miró a Bryant, quien había dejado caer su fachada de entereza y se había desparramado sobre la silla, exhausto.

—No es como que me preocupe si te da un derrame pero, ¿seguro que estás bien?

El muchacho lo miró.

—Sí. Es sólo que Érix Kunne pone a prueba mi paciencia —crispó los dedos—. No me gusta, Astucieus, la forma en cómo se expresa de Elizabeth, como si fuera de su propiedad, cuando apenas y se han conocido.

Astucieus enarcó ambas cejas.

—Dikoudis, eso se llama celos. Crudos y malditos celos.

—Que no, maldición… —el castaño sacudió la cabeza—, es…como una especie de aviso, yo… —suspiró—. O quizá es que todavía no me perdono el haberle fallado a Jane y Juliette, y temo que algo pueda pasarle a Elizabeth.

Astucieus soltó aire.

—Dikoudis, no había manera de que supieras que Nirvana se había bebido su esencia. En eso, Tyr se nos adelantó.

Bryant rio con amargura.

—Tal vez, pero si no hubiese ido a encontrarme contigo, si hubiese vuelto a Sleepy Hollow en cuanto hube derrotado a Nirvana, quizá habría podido salvar a Jane.

—Es probable, pero muchas otras cosas habrían salido mal —Astucieus negó con la cabeza—. Y en todo caso, lo hecho, hecho está. Ya no puedes hacer nada, más que asumir el precio de tus errores.

—Sí, y por eso, me gustaría que considerases retirar a Elizabeth de las pruebas —insistió él débilmente.

—Dikoudis, ya hemos hablado de esto. Además, me duele la cabeza, y aún debo contactar a Isis Astarte para programar la reunión de mañana… ¿estarás presente?

Bryant suspiró.

—Sí.

—De acuerdo. Entonces nos vemos a las cinco de la mañana, en el gran salón —Astucieus lo miró, a punto de salir, su mano descansando sobre la manija de la puerta—. Al igual que tú pagas por tus errores, yo estoy pagando por los míos, Dikoudis. Que tengas buenas noches.

Y salió de la habitación.

 

***

N/A: Bueno, porque lo prometido es deuda, aquí está el capítulo de regalo por navidad. Espero ya puedan dormir tranquilos…nah, la verdad es que me encanta mantenerlos al borde del asiento. Igualmente, espero que les haya gustado, ¿cuál será el gran pecado por el que está pagando Astucieus?

Dudas, comentarios o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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