Historia al azar: ¿Cómo hacer que me ames?
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Destino II. Epidemia. » Atentados
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Martes 6 de Junio de 2017, 21:43
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Atentados

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Atentados

 

Reaparecieron en la biblioteca, en esos instantes vacía. La expresión de Beryl no cambió al detectar un panorama distinto al prometido, como si supiese, efectivamente, de antemano, lo que iba a ocurrir.

—Tal parece que no quedaste satisfecha —musitó el Garque con voz afilada, aun así la pitonisa no retrocedió; más bien, lo miró directo a los ojos—. Lo que me ha sorprendido es tu excusa, ¿preocupación por la señorita Monanti? —arqueó una ceja—. Espero que ese argumento sólo se lo hayas presentado al Quinto al mando.

—Por supuesto —respondió Beryl en tono desafiante, la pasividad antes demostrada delante de Érix Kunne había desaparecido—. La señorita Monanti no tiene la culpa de que su hüteur sea un hombre sin corazón.

Astucieus rio con ironía.

—Por favor, Beryl, no te hagas la inocente. ¿A qué has venido? ¿Y qué argumento le has presentado a Itzal, en todo caso?

—El original: que he venido a pedir asilo.

Retrocedió un paso, el Garque acababa de percatarse del cambio de indumentaria de la pitonisa. Ahora, llevaba un vestido cerrado hasta el cuello, de mangas largas y de falda sencilla que le llegaba hasta los tobillos. Sin darle tiempo a nada, Beryl liberó los botones delanteros de la prenda, dejando al descubierto su piel desnuda.

Sin embargo, esta ya no era toda blancura y suavidad. Astucieus contuvo un jadeo de impresión, aunque estaba seguro que sus pupilas lo habían delatado. Un largo tajo se extendía en diagonal desde el hombro hasta el esternón de la mujer, y si bien no era muy profundo, la visión resultaba desagradable debido a los hematomas y otros varios cortes que se abrían camino más abajo. Con cuidado, Beryl extrajo un brazo de la manga, con lo cual Astucieus pudo distinguir una nueva herida, como si la pitonisa hubiese utilizado su propio antebrazo para detener una cuchillada.

—¿Contento de haber besado y acariciado mi cuerpo antes de que esto ocurriera, verdad? —escupió ella con amargura.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó Astucieus y apartó la mirada, Beryl volvió a vestirse, el hombre pudo notar el brillo de lágrimas en sus ojos.

—No lo sé. Tenía el rostro cubierto —se limpió los ojos con brusquedad—. De cualquier modo, sabía de la profecía de la señorita Monanti.

—¿Qué? —el Garque la miró, alarmado—. Imposible, nadie más que nosotros dos lo sabíamos…

—Y el señor Dikoudis. No insinúo que él haya sido, pero es posible que alguien interceptase los escritos que le envié al respecto.

—Espera, ¿enviaste los documentos antes? Te dije que iría por ellos en cinco días.

—Lo sé, pero me pareció que la profecía era lo bastante trascendental como para esperar a ese plazo. Creí que el señor Dikoudis te habría notificado del recibimiento de la documentación.

—No, no lo hizo —farfulló Astucieus a la par que hacía la nota mental de darle a Bryant la reprimenda de su vida—. De todos modos, ¿cómo sabes que el agresor sabía de la profecía?

—Porque me lo dijo. En realidad, dijo que iba a cortarme la garganta para que dejase de predecir en pro de la señorita Monanti. Lo que significa que mi preocupación por ella tiene fundamento —arrugó el entrecejo—: alguien la quiere muerta antes de que terminen las pruebas.

Astucieus la observó en silencio. Así, de pie y con la espalda recta a pesar del dolor que seguro sentía, Beryl lucía fuerte pero a la vez, demasiado pequeña, incluso vulnerable. Sus actos de hacía días ya no le resultaban tan satisfactorios, por el contrario, había surgido en él un ligero sentimiento de culpa, pese a existir todavía cierto resentimiento hacia la mujer. Soltó aire y sacudió la cabeza, molesto consigo mismo, y se aferró a ese resentimiento para no terminar de sucumbir.

—¿Cómo… cómo saliste con vida? —preguntó con la mandíbula tensa.

—Me extraña que preguntes eso —ella lo miró, sus labios curvados en una sonrisa irónica—. ¿Es que acaso el talentoso y sobresaliente miembro de la polissa ya olvidó a una de sus discípulas?

Astucieus no pudo reprimir una leve sonrisa. Había olvidado lo sardónica que podía llegar a ser Beryl, incluso mucho más que él.

—No, no lo he hecho —dijo, y en su mente pasaron fugaces recuerdos de sí mismo enseñándole a Beryl movimientos de defensa y ataque—. ¿Lograste distinguir la voz de tu atacante? ¿Algún timbre conocido?

Beryl meneó la cabeza.

—No. Pero era un hombre, estoy segura de ello.

Se quedaron callados un largo rato. Astucieus libraba una batalla interna, luchando contra la imagen del cuerpo magullado de Beryl, contra el deseo de protegerla y con la rabia contra sí mismo por sentir todo aquello. Quería odiarla, tratarla como se trata a una sabandija, pero no podía. Y tampoco podía perdonarla. Por culpa de Beryl Wonna, de su tácito abandono, él había caído ante la tentación y pactado con Ferzeo, amo y señor de los infiernos. Un pacto que había traído terribles consecuencias, el mismo pacto por el cual Zehel lo repudiaba. El mismo pacto, también, por el cual había orillado a Elizabeth a presentar las pruebas.

Suspiró. No, no toda la culpa la tenía Beryl. Había muchas piezas en juego, muchas decisiones y sucesos que no habían dependido ni siquiera de él. Pero le dolía. Le dolía que no le hubiese dado explicaciones, encerrada en su propia pena, sin detenerse a pensar que él, como padre de la criatura que había llevado en su vientre, también estaba sufriendo.

—Se te dará protección —dijo para cortar el hilo de sus pensamientos—. Al menos, hasta que termine el periodo de pruebas. ¿Le has revelado a Itzal el contenido de la profecía?

—No —respondió ella—. Sabe que hablaba de la señorita Monanti, tuve que decírselo para que entendiera la gravedad del asunto. Pero no le expliqué los detalles. El Verzaik sabe todavía menos, a ellos se les ha dicho que hubo un atentado contra mí, pero nada más. Queda en ti decirle al Quinto al mando toda la verdad. Bueno, casi toda —agregó con acidez—, porque imagino que no le dirás lo de nuestro encuentro.

—Perfecto —Astucieus ignoró el brillo acuoso que llenaba los ojos de la mujer y le ofreció su brazo—. Ahora, vamos al comedor general, o Itzal preguntará por ti.

Beryl frunció los labios, pero obedeció. Esta vez, los puntos de luz que los rodearon sí los llevaron al lugar indicado.

 

Elizabeth rio ante el comentario de Ian.

Sin embargo, sus pensamientos se hallaban en todos lados menos en el comedor. La reunión con la antigua hüteur de Gabriella había salido bien, muy bien en realidad, incluso habían trazado un itinerario a seguir para el desarrollo de sus habilidades, sin contar a la premonición, por supuesto. Por más que confiara en Gabriella y en Irene, tratar el tema de su cuarto don le daba pavor, sobre todo, temía que su vida peligrara a partir de entonces, como si revelarle al mundo ese hecho fuese a desatar una horda de locos obsesionados por acabar con ella.

Aun así, estaba consciente de que debía prestarle atención a su don, y que necesitaba hacerlo rápido, antes de que cualquier premonición la tomase desprevenida. Peor, que la delatase. Se estremeció al recordar la última visión que había tenido, aquella donde Astucieus perecía en una explosión.

—¿Tienes frío? —le preguntó Ian al ver su gesto, frotando sus manos entre las suyas.

—No, todo está bien —le sonrió ella y con delicadeza, apartó las manos de su contacto. Ian le agradaba como amigo, y no deseaba enviarle señales equivocadas—. Creo que ha sido sólo una corriente —bostezó—, y creo que debería irme a dormir.

—¡Te acompaño! —saltó de repente Kya, Elizabeth dio un brinco del susto. Al lado de la muchacha, Egbert parecía haberse quedado a media oración—. Tengo que cepillarme el cabello antes de irme a dormir.

Elizabeth parpadeó, incrédula, mas no agregó nada. El resto de eruditos tampoco lució convencido de la excusa de Kya, mucho menos Egbert, quien le dedicó una mirada resentida.

—Claro, vamos —miró a sus otras dos compañeras de dormitorio—. ¿Vienen?

—En unos minutos —respondió Gabriella e indicó con un gesto de la cabeza los restos de su taza de té.

Elizabeth asintió, se despidió del resto y se puso en pie, Kya la siguió sin dilación.

—Gracias a Afrodita que decidiste levantarte —comentó la erudita una vez hubiesen salido del comedor general—, Förhatlig estaba a punto de volverme loca con su charla sobre política.

Elizabeth rio entre dientes. Se lo imaginaba. Kya podría pecar de vanidosa, pero jamás rechazaba la oportunidad de charlar con alguien, a menos claro, que no le permitiesen hablar de sí misma y los temas que le gustaban.

—Me imaginé que era por eso que te habías levantado. Pero no seas tan dura con él, se nota que le gustas.

Kya hizo una mueca.

—Sin ofender pero, no es mi tipo. Además, no tenemos nada en común.

—¿Y qué tipo de hombres te atraen, entonces?

La joven la miró con una ceja en alto y una sonrisa pícara.

—Del tipo ardiente y de ojos verdes que a ti te gustan.

—¡Kya!

La muchacha rio y echó a correr divertida, Elizabeth la siguió pero sin poder ocultar el rubor en sus mejillas.

Alcanzaron los dormitorios medio jadeando y riéndose, ganándose una mirada de desaprobación por parte de Momoka. Andrómeda debía estarse dando una ducha, Elizabeth pudo oír el correr de agua detrás de uno de los aseos.

—¡Eres terrible! —le reprochó a su amiga con un suave golpe en uno de los hombros.

—Sabes que no lo soy —Kya le sonrió y le guiñó un ojo.

—¿Podrían callarse? —espetó Momoka desde su litera—. Intento estudiar.

—Sí, lo sentimos —se disculpó Elizabeth con gesto apenado—, no volveremos a molestar.

—¡Mira, Elizabeth! —exclamó Kya, pasando por alto las palabras de la otra chica—. ¡Has recibido algo!

Elizabeth se volvió. Siguió con los ojos la dirección trazada por el dedo de Kya, encontrando sobre su colchón una caja envuelta en papel de regalo. Casi al instante, el corazón le dio un vuelco, ¿sería posible que Érix Kunne hubiese pasado de las cartas y le hubiese enviado algo más?

—¿Quién lo ha mandado, Momoka? —oyó que preguntaba la voz de Kya.

—No tengo idea. Ya estaba allí cuando llegué.

Elizabeth alargó una mano y tomó el paquete, no obstante se detuvo justo antes de desgarrar el papel. ¿Y si era algo de sus hüteur? Debía tener cuidado, porque si se trataba de otra pócima para beneficiarla, era mejor que Momoka no viese lo que le habían mandado.

—¡Ábrelo, Ely!

—No sé, Kya —dijo y sopesó entre sus manos el peso de la caja—. Estoy exhausta, creo que lo abriré mañana.

—¿Qué abrirás mañana? —preguntó de repente Gabriella.

—¡A Ely le han enviado algo! —saltó Kya muy emocionada.

—En serio Kalonice, ¿es que no sabes hablar como la gente normal? —barbotó desde lo alto Momoka.

—Para tu información, Momoka, mi tono de voz es normal —respondió Kya molesta—. Que tú seas una amargada y no sepas expresar alegría es otra cosa.

Momoka masculló algo, mas no riñó con la muchacha, bajó de la litera de un salto y salió de la habitación, llevándose su libro consigo.

—Deberías tener más cuidado, Kya —aconsejó Gabriella—. No querrás tener a Momoka como enemiga en las pruebas generales.

—Bah —Kya alzó la nariz y realizó un ademán despreocupado—, me tiene sin cuidado —miró el paquete que Elizabeth aún sostenía entre las manos—. ¡Tienes que abrirlo, Ely! O si no —le arrebató el regalo a la chica—, lo abro yo.

Elizabeth suspiró y llevó los ojos al techo, las otras dos rieron y negaron con la cabeza, como dando por caso perdido a Kya.

—¡Chocolates! —dijo la aludida con los ojos brillantes—. ¡Y están rellenos de cereza! Oh… —lució desilusionada al examinar mejor la caja—, pero son de edición limitada.

—¿Y eso qué tiene de malo? —quiso saber Cleopatra.

—Que la caja sólo contiene tres —explicó Kya y le regresó a Elizabeth los chocolates—. Y nosotras somos cuatro —hizo un puchero—. ¡Qué lástima, con lo que me encanta esa marca!

—¿Pero quién te los ha enviado? —preguntó Gabriella.

—No lo sé —Elizabeth examinó el paquete y después, lo que quedaba del envoltorio. Sin embargo, no venía ninguna firma que indicase el remitente—, creí que podría tratarse de mis hüteur, por eso no me atrevía a abrirlo en presencia de Momoka.

—Ah, era por eso. Bueno, aunque no traiga remitente, ¿creo que resulta obvio, no? —replicó Kya. Las demás la miraron sin entender—. Tiene que ser un regalo del señor Kunne, por supuesto.

—¿Por qué no terminas de abrirla? —sugirió Gabriella—. A veces las ediciones limitadas traen grabado algo en la tapa.

Elizabeth asintió, se sentó en el borde de su cama y se deshizo de la cubierta transparente que recubría la caja, luego destrabó las solapas de cartón y, acto seguido, extrajo otra cajita de terciopelo azulado cuya tapa levantó. No había mensaje o iniciales a la vista, pero el aroma  entre dulzón y amargo de los chocolates llegó a sus fosas nasales y le hizo agua la boca.

—Tienen forma de corazón —dijo y sacó uno de los chocolates para que sus amigas lo vieran—, pero no hay nada que revele quién me los ha enviado.

—¡Pruébalos! —la animó Kya—. Son deliciosos, seguro te encantarán.

Elizabeth se llevó a la boca el chocolate. Lo mordió, la cremosa textura no tardó en deshacerse en su lengua, si bien cierto gusto amargo permaneció unos segundos en su paladar. Aun así, saboreó el dulce con agrado, y no tardó en comerse el otro pedazo.

—¿Verdad que son una delicia?

—Exquisitos —coincidió Elizabeth—, nunca antes había probado algo así —tragó el último pedazo—. ¿Quieren un trozo? Podría partirlos…

—No, no, disfrútalos tú —sonrió Gabriella y con eso, Kya no tuvo más opción que cerrar la boca—. No todos los días te regalan ese tipo de chocolates, que además, son carísimos.

—¿Seguras? No me molestaría compartirlos y…

Fue incapaz de terminar. De pronto, su garganta se había cerrado, e impedía que su voz surgiese… y que el aire entrase. Soltó la caja de chocolates al llevarse las manos al cuello, mientras las tres eruditas la llamaban a voz en grito. Un sudor frío le recorrió la columna, el peso de su cuerpo fue demasiado y cayó de bruces, a duras penas sujetada por Gabriella. No podía hablar, no podía respirar, y tampoco podía pensar.

Los alaridos de sus compañeras se volvieron confusos y lejanos, la visión se le emborronó y por intervalos, le parecía oír el retumbar de su corazón. No obstante lo peor vino cuando sintió una repentina explosión en la boca del estómago y algo subió por su esófago, quemándola, su garganta finalmente se despejó pero sólo para expulsar aquello que la quemaba.

Era sangre.

Volvió a vomitar y creyó que se desmayaría. El dolor era demasiado y aunque quería respirar y gritar a la vez, su cerebro estaba demasiado aturdido como para enviar cualquier orden que no fuera seguir contrayendo los músculos de su abdomen para expulsar más y más sangre. Su corazón retumbó con una brutal violencia una última vez y envió un latigazo de dolor hacia todas sus extremidades haciéndolas saltar, una agónica sensación que aumentó en un crescendo súbito y fulminante. A sus oídos llegó un pitido agudo y, para su alivio, la oscuridad cayó por fin como un manto sobre sus ojos, apagando todos los ruidos y sensaciones a su alrededor.

Incluso, los ensordecedores latidos de su corazón.

 

***

N/A:

¡Hola a todos!

Sí, sé que no toca actualización, pero el domingo veinte fue aniversario de mi blog, así que decidí obsequiarles este capítulo. Espero les gustase, ¿quién le habrá enviado esos chocolates a Elizabeth? Y todavía más importante, ¿sobrevivirá la chica a este?

Ya saben, dudas, comentarios o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!



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