Historia al azar: Padre Soltero
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Destino II. Epidemia. » De hüteur y predicciones
Destino II. Epidemia. (R15)
Por Kajiura
Escrita el Martes 5 de Mayo de 2015, 23:20
Actualizada el Miércoles 4 de Octubre de 2017, 01:30
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De hüteur y predicciones

IX

De hüteur y predicciones

 

—¿Beryl Wonna? —repitió Elizabeth con el ceño fruncido—. ¿Tiene algo que ver con la pitonisa Sheila Wonna?

—Es su hija —explicó Gabriella—. Sheila Wonna fue asesinada cuando la señorita Beryl tenía dos siglos. Algunos especulan que el autor de su homicidio fue el desconocido progenitor de la pequeña, otros, que una emboscada de demonios la devoraron viva, dejando sólo su pierna derecha —hizo una mueca—. Lo cierto es que nadie sabe qué pasó en realidad. Pero en cuanto ocurrió, la señora Txaran acogió a Beryl como su protegida.

—Y la señorita Wonna no es menos que su madre —comentó Kya—, dicen que hasta ahora, todas sus predicciones se han cumplido.

—Imagino que ha venido a ver a su benefactora —apuntó Cleopatra con un encogimiento de hombros—. De cualquier forma, es todo un evento. En lo personal es la primera vez que la veo de cerca, y me ha parecido una mujer… exuberante —finalizó con un ligero rubor en las mejillas.

Elizabeth se removió incómoda, mas no argumentó nada. Y no sólo por la evidente atracción de Cleopatra hacia la recién llegada, sino porque en su cabeza había surgido una duda, aunque no estaba segura de si debía o no compartirla con las eruditas. Durante todo el tiempo que llevaba en la pirámide, había mantenido cierto entrenamiento de sus habilidades, salvo el de la premonición. Su madre le había dicho que era un don codiciado y que debía tener cuidado con quién compartía el dato, lo mismo le había aconsejado Bryant en una ocasión.

Por otra parte, había leído que las pitonisas eran mujeres  dotadas con el don de predecir, no obstante no tenía del todo claro cuál podría ser la diferencia entre una de ellas y su caso. ¿El control del don? ¿Qué hacía tan especiales a esas mujeres como para que estudiasen en una escuela única y exclusivamente para ellas, en vez de asistir al Templus o instituciones alternas?

—Por cierto, Elizabeth —la voz de Gabriella la sacó de sus divagaciones—, me he tomado el atrevimiento de hacerte una cita con mi hüteur, para ver lo del desarrollo de tus habilidades.

—Te lo agradezco mucho, Gabriella —sonrió la joven—. La verdad es que dejando de lado lo de anoche, todavía me falta mucho por aprender.

—Oh, me lo he perdido —Cleopatra puso cara de lamentación—. ¿Entonces te ha ido bien con el Verzaik, Elizabeth?

La chica prosiguió a relatar la historia de nuevo. Y por segunda vez, tuvo que soportar las insinuaciones de sus amigas acerca del interés de Érix Kunne hacia ella.

Después de aquello, el trío de muchachas se separaron, Gabriella y Elizabeth acordaron verse en la biblioteca luego del almuerzo. Los panecillos que Cleopatra había traído habían estado rellenos, y Elizabeth había quedado lo bastante satisfecha como para no comer nada sino hasta la cena. Anduvo por los pasillos sin rumbo fijo, a pesar de que sabía que debía invertir mejor su tiempo en ir a la biblioteca y engullir cuanto libro alcanzase. Sin embargo optó por caminar, despejarse tras haber tenido tres días de arduo estudio.

Llegó a los jardines en donde descubrió a una buena cantidad de infantes menores a los ocho siglos reglamentarios que debían tener los estudiantes para residir ahí. Tampoco vestían uniformes y, si bien jugaban todos juntos, la calidad entre las ropas de unos y otros denotaba su diferencia de clase social.

—Hijos de la servidumbre y los eruditos —comentó una voz a su espalda, Elizabeth ahogó un grito del susto y se volteó—. Lo siento, no era mi intención asustarte.

—Ian —ella esbozó una media sonrisa—. Qué sorpresa, no esperaba encontrar a nadie por aquí, debido a la hora que es.

—Algunos preferimos almorzar más tarde —el joven se encogió de un hombro y le ofreció su brazo—. Otros, como esos pequeñines, almuerzan más temprano.

—Así que hijos de la servidumbre y los eruditos… —echaron a andar—. Imagino que reciben educación básica, ¿no?

—Sí, pero los que no tienen dones extraordinarios deben abandonar la pirámide al cumplir los ocho siglos.

Elizabeth jadeó a la par que un rugido surgía de uno de los arbustos y los niños gritaban, desperdigándose asustados. Ian se puso en tensión al lado de ella, más cuando la figura de un enorme gato negro corría en pos de los pequeños.

—No, espera —la detuvo el muchacho al verla preparar un hechizo—. No les hará daño, es el hüteur Kotoro.

—¿El hüteur Kotoro? —repitió ella sin entender—. No, Ian, ese animal es enorme y…

Se quedó callada al ver cómo los niños, recobrados del susto inicial, daban la media vuelta y perseguían al gato en estampida. Fue cuando se fijó en los ojos del felino, uno rojo y uno negro. Los niños acabaron por acorralarlo y sin dar tiempo a que el enorme gato reaccionara, le cayeron encima a punta de cosquillas.

—¿Cómo… cómo hace eso? —preguntó Elizabeth pasmada—. Convertirse en gato, quiero decir.

—En pantera —le corrigió Ian—. Su animal característico, de hecho. Y es un magyassu, puede desarrollar cualquier don.

—¿Y el tuyo? ¿Cuál es tu animal característico?

—¡Mira! —el erudito señaló la escena del felino y los niños como si hubiese hecho el descubrimiento del siglo—. Yo digo que si ese niño sigue jalándole la oreja al hüteur, va a salir sin una mano.

—Vamos, Ian —Elizabeth arqueó una ceja a modo de increpación—. ¿Qué hay de malo en tu animal característico?

Ian la ignoró y continuó mirando la escena de la pantera y los niños. Dicho y hecho, el gato pareció fastidiarse del infante que le tironeaba de una oreja y le lanzó una dentellada, sin alcanzarlo en realidad; los niños parecieron reconsiderarlo y se alejaron unos pasos, aunque hubieron otros más osados que permanecieron afianzados al lomo del animal, aún y cuando éste se enderezó.

—Es que… —el joven se acarició su nuca descubierta—. Mi animal no es tan imponente como el tuyo.

—Oh vamos, dime —le animó ella, más allá la pantera se sacudió y los últimos dos niños se le desprendieron cual bichejos—. Prometo no reírme.

—De acuerdo —el erudito tomó aire—: mi animal representativo es el escarabajo.

Elizabeth lo miró con fijeza, mas pudo aguantarse la risa, aun así Ian debió notarlo porque la miró de medio lado.

—No está tan mal —comentó la joven, con una expresión seria que no engañaba a nadie—. Mi madre me dijo alguna vez que los escarabajos eran capaces de soportar el doble de su propio peso.

—Sí, pero tal parece que no es capaz de soportar el tamaño de mi depresión —musitó Ian abatido. Sacudió la cabeza—. No importa, ¿qué tal si mejor nos vamos a tomar un helado?

—Lo lamento, pero se me hace tarde —Elizabeth consultó un reloj de sol que había un par de metros más adelante—. Quedé de verme en la biblioteca con Gabriella.

—De acuerdo, pero me debes una salida, por hacerme una pregunta tan deprimente.

Elizabeth rió.

—Bien, bien, te debo una salida —agitó una mano a modo de despedida—. Te veo después, Ian. Y gracias por el paseo.

Regresó sobre sus pasos y subió las escaleras, contenta de que poco a poco, su círculo de amistad creciese y se fortaleciese. Alcanzó su destino al mismo tiempo que Gabriella, no sin pasar por alto la excitación manifiesta entre los estudiantes que iban y venían. Sin dudas, la presencia de las múltiples personalidades en la pirámide habían dado de qué hablar.

—¿Lista? —fue el recibimiento por parte de la pelirroja—. Mi hüteur está ansiosa por conocerte.

—Y yo a ella —echaron a andar—. ¿Crees que pueda ayudarme con el desarrollo de mis dones?

—Seguro. Y si no, puede recomendarnos a quien sí.

—¿Cómo fue? Me refiero al hecho de formar parte de un linaje. Yo… siempre tuve curiosidad, antes de verme envuelta en todo esto —suspiró—. ¿Te llevabas bien con tus compañeros? Los libros dicen que un hüteur funge como tutor del estudiante, y que el linaje es como su nueva familia…

—Con calma, señorita hambrienta de saber —rió Gabriella—. Sí, me llevaba bien con mis compañeros, aunque mis amigas durante todos los años de estudio fueron Kya y Cleopatra. Y mi hüteur —los ojos le brillaron con cariño—, perdí a mi madre a los cinco, así que ella vino a cubrir ese papel.

—Oh, lo siento mucho —se disculpó Elizabeth, apenada—. No pretendía…

—Tranquila, no pasa nada —le sonrió la erudita—. Ya lo verás, en cuanto la conozcas te llevarás bien con ella. Es muy simpática y despreocupada.

Se adentraron en una serie de pasillos distintos, de puertas oscuras con inscripciones que rezaban en letras plateadas los nombres de los diversos linajes: «Linaje Tukuña», «Linaje Din-din», «Linaje Heródoto». Elizabeth esperaba hallar alguno que dijese «Linaje Thrampe», o «Linaje Dikoudis», pero no los encontró.

—Me pregunto quiénes habrán sido los hüteur de mis señores Garque —expresó al aire—, seguro están muy orgullosos de ellos.

—Del Linaje Dikoudis no sé mucho —habló Gabriella con ceño—. Pero del linaje Thrampe, sí. El hüteur William Thrampe estaba casado con la señora Dadle. Magyassu como el hüteur Kotoro, muy querido y conocido entre alumnos y eruditos. De entre todos sus talentos tenía el de la premonición, recuerdo haber asistido a una conferencia acerca de la clarividencia durante el primer grado básico.

—¿De verdad? —Elizabeth la miró con interés—. Pensé que ese don estaba reservado para las pitonisas.

—No, pueden desarrollarlo otras personas. Aunque no sé muy bien en dónde radica la diferencia, nunca me sumergí mucho en el mundo de la adivinación. De cualquier forma, el hüteur Thrampe fue asesinado —su rostro se ensombreció—. Al parecer, había ido de viaje con el señor Astucieus, pero de regreso fueron emboscados.

Elizabeth se cubrió la boca con  las manos, horrorizada.

—¿Pero cómo? Quiero decir, si el hüteur William Thrampe era un magyassu, si tenía todos esos dones, cómo pudieron derrotarle?

—Eso es lo que nadie se explica —habló Gabriella en tono severo—. Él y su discípulo lograron escapar, pero William acabó muy mal y murió en los próximos días —su ceño se acentuó todavía más—. Sé que esto no te va a gustar, pero algunos piensan que Astucieus lo mató. Sobre todo, porque durante el viaje previo a la muerte del hüteur, se arreglaron los papeles de tal forma, que todas sus pertenencias pasasen a ser de su alumno en caso de que él muriese.

Elizabeth negó con la cabeza.

—No tiene sentido, si el señor William, a quien Zehel tenga en su gloria —ambas féminas hicieron la señal respetuosa—, tenía el don de la premonición, debió enterarse de los planes de su alumno, en caso de que este pensase llevarlos a cabo.

Gabriella se encogió de hombros.

—Nadie es perfecto, Elizabeth. Además, su estudiante pudo haberle manipulado.

—Lo dudo —terció la joven—. He visto cómo funciona el don de Astucieus, y su manipulación tiende a ser de tiempo limitado.

Gabriella suspiró, pero no siguió con la discusión.

Se detuvieron en la puerta que recitaba: «linaje Altus». El cambio de humor de Gabriella fue instantáneo, invadida por los recuerdos de su época de estudiante y las largas charlas tenidas con su hüteur. Carraspeó, se alisó la túnica y llamó con los nudillos, Elizabeth curvó los labios en una media sonrisa.

—Adelante —oyeron decir una voz desde dentro.

La puerta se deslizó sola y les permitió el paso, Gabriella fue la primera en adentrarse en la estancia, seguida de cerca por Elizabeth.

Se trataba de un recinto espacioso, casi del tamaño de un salón, con mesas alineadas en la pared posterior, franqueadas por estanterías y gabinetes, además de una modesta colección de libros de distinto grueso y cubierta. Trazado en el suelo, con lo que Elizabeth casi jura que era incrustaciones de ónix negro, se veía con total claridad un círculo, que abarcaba gran parte del área, dentro del cual a su vez estaba dibujada la forma de una balanza. Elizabeth nunca había visto aquel símbolo, pero algo en él hacía cosquillear su piel de forma agradable.

En la mesa del fondo, se hallaban sentadas tres niñas y una mujer adulta, las primeras enfundadas en los clásicos uniformes de las chicas: vestidos color hueso, con mangas tres cuartos, faldas tableadas, calcetas blancas y zapatos de un negro lustroso. En cambio, la mujer portaba la túnica de hüteur, de piel color canela y ojos grandes, el cabello recogido en un moño dejaba ver el paso del tiempo, ribeteado de plata a cada lado.

—Espero no interrumpir nada, hüteur Altus —empezó su amiga—, pero como le expliqué en la mañana, necesitamos de su sabio consejo.

Al momento, la mujer con túnica de hüteur despegó los ojos de los papeles que leía. En cuanto ubicó a Gabriella sus iris brillaron alegres y, tras detectar a Elizabeth, sus hombros se cuadraron y sus piernas la hicieron ponerse de pie.

—Querida mía, tú nunca molestarás —dijo con voz grave—, y mucho menos, si vienes acompañada de tal eminencia —inclinó el cuerpo con los brazos pegados a los costados—. Un gusto y un honor tenerla en mi linaje, señorita Monanti.

—Elizabeth, te presento a Irene Altus —declaró Gabriella con gran orgullo—, a ella debo todo mi saber.

—¡Lo sabía! —saltó de repente una de las alumnas, de cabello castaño claro peinado en dos trenzas—. ¡Es Elizabeth Monanti, Elizabeth Monanti está en nuestro linaje!

Soltó un gritito emocionado al mismo tiempo que otra de sus compañeras, una niña pecosa de su misma edad. La tercera de ellas, a quien Elizabeth calculó unos quince siglos, se limitó a soltar un bufido fastidiado.

—Ains, pero qué escandalosas son —dijo. Se volvió a Elizabeth—. Discúlpelas, señorita Monanti, son sólo niñas.

—Un gusto conocerlas, a todas —Elizabeth inclinó la cabeza y sonrió—. Señora Altus, Gabriella me ha hablado muy bien de usted.

—¡Por favor, denos su autógrafo! —en un parpadeo, el par de estudiantes ya estaban al lado de Elizabeth, dando saltitos y agitando pluma y papel en las manos—. ¡Somos sus fans, es usted tan genialosa, tan, tan…!

—Basta ya, par de ardillas saltarinas —rió la señora Altus, y con un ademán, envió una corriente de aire que empujó atrás a sus discípulas—. Les dará su autógrafo, pero después. Ahora, tenemos asuntos más importantes que tratar —miró a las eruditas—. Vamos a mi oficina, estaremos más cómodas allí —se volvió a sus alumnas—. Y ustedes tres, quiero esas redacciones corregidas cuando regrese.

El trío de pupilas suspiró con abatimiento.

—Sí, hüteur —dijeron al unísono.

La mujer asintió complacida, antes de guiar fuera a sus invitadas y cerrar la puerta tras de sí.

 

Astucieus estaba a punto de decapitar al menor de los Kunne. Podría ser inmortal, pero nadie sobrevivía a un desprendimiento de cabeza, ¿verdad?

Había pasado toda la mañana con Érix como su sombra. No, peor que su sombra, porque las sombras eran mudas, y el hombre no había dejado de hablar en todo el maldito día. Primero, se había molestado por la enorme cantidad de pendientes y demandas existentes en ambos puestos, tanto en el Primero como en el Segundo, desvanecida toda gentileza y encanto a la hora de reprenderlo.

—Me sorprende que el planeta siga en pie, que no hayamos tenido una revolución a estas alturas, ¿por qué no contactó con nosotros antes? Por si no lo recuerda, señor Thrampe, el papel de los Garque es proteger, resguardar al planeta, y esto —señaló las logísticas sobre el escritorio—, me demuestra que no está cumpliendo dicha labor.

—Entiendo su descontento, señor Kunne —replicó el hombre con toda la paciencia que fue capaz de reunir—, pero al igual que usted, me permito recordarle que estábamos en guerra, y habían prioridades que atender. También, recuerdo haber enviado varias cartas, dirigidas específicamente a usted y explicándole todo, incluido el tema de las traiciones que abordamos anoche, mas nunca obtuve respuesta.

—Debieron perderse —rechazó él con una vaga gesticulación—. Aun así, su poca eficiencia podría ocasionar una tragedia en los próximos días. Habrá que enmendarlo, y de antemano le aclaro que a la mínima falla, mis hermanas y yo tomaremos cartas en el asunto. ¿Me he explicado bien? ¿O necesita que levante un acta al respecto?

—Entendido, señor —masculló Astucieus y se tragó su rabia.

Lo siguiente, fue soportar la presencia de Érix en cada una de las reuniones que tuvo. Le interrumpía a cada segundo, discrepaba de casi todas sus decisiones, aún y cuando éstas eran las más idóneas; ni siquiera se lo quitó de encima a la hora del almuerzo, el cual, para colmo de males, tuvo que pagar él, en un restaurante en donde cobraban hasta el aire que respirabas, todo porque el señorito argumentaba que la carne que les habían traído desde el mismo Templus no era de calidad.

En ese momento, mientras caminaban rumbo a la morada y le echaba en cara la mala organización de la polissa, se arrepentía de no haberlo amordazado al final de la jornada. «Hagamos el trayecto a pie, hay varias cosas que necesito consultarle». Debió ignorarlo, manipularlo y llevarlo a su habitación en calidad de bulto, luego podía haberle modificado la memoria con una ayatguis. ¿Pero por qué no lo hizo? Porque era el Verzaik. Y al Verzaik no se le tocaba un pelo, aunque ellos pudiesen despellejarlos vivos si se les antojase.

—Lo sé, es tan bonita —oyó decir a una alumna—, me encanta su cabello platino.

«Cabello platino». La descripción hizo estallar una imagen en su mente: Beryl Wonna. Pero no, la pitonisa no era la única que tenía ese color de pelo, además de que ella se hallaba a kilómetros de distancia, recluida en el Oráculo de Delfos.

—Sí, ¿crees que vaya a darnos una conferencia sobre la clarividencia? —habló otra chica—. ¿O sobre el Oráculo? Si hasta la han instalado en la morada de los Garque.

Se detuvo. Aquellas ya eran demasiadas coincidencias. ¿Clarividencia? ¿Cabello platino? ¿Oráculo? Y lo peor… ¿instalado en la morada de los Garque?

«Dikoudis?», llamó a su compañero a través del canal telepático. «¿Dónde demonios estás?»

«En mi habitación». Respondió el aludido en tono exhausto. «Creo que voy a pedir que me den un masaje, por Zehel, nunca creí que Elina fuese tan meticulosa y perfeccionista.»

«No sufras, que en cuanto llegue a la morada yo mismo te voy a pasar una aplanadora por el cuerpo»; farfulló retomando el paso, Érix no parecía haber captado nada de la conversación de las adolescentes. «Acabo de escuchar a un par de alumnas hablar de cierta pitonisa de cabello platino, venida del Oráculo e instalada en la morada. ¿Qué tienes que decir al respecto?»

«Ah, eso. Sí, Beryl Wonna vino pasado medio día. Planea quedarse un tiempo, más bien, durante todo el periodo de las pruebas, porque le preocupa la seguridad de Elizabeth. Ya sabes, por la predicción que ha hecho sobre ella. Itzal me ha pedido que le preparase una habitación, porque estarás de acuerdo con que no vamos a tener a una afamada pitonisa en un dormitorio cualquiera.»

«No, no estoy de acuerdo. Afamada o no, merece un trato como el de cualquier otro invitado: en los dormitorios de los conferencistas, en el área de las estancias del Saigrés. Ni más, ni menos. De hecho, ¿por qué demonios no me fue notificado su arribo?»

«Porque pensé que no habría problema. ¿Qué hay de malo en instalarla en la morada? Además, esa orden no la di yo, la dio Elina.»

Astucieus maldijo por lo bajo.

—¿Sucede algo, señor Thrampe? —preguntó Érix con una ceja en alto—. Comienzo a creer que no me ha prestado la más mínima atención.

«La verdad es que si por mí fuera, ya te habría destazado y arrojado como alimento de peces», pensó Astucieus para sus adentros, aunque por fuera lucía como el hombre más inocente del universo.

—Por favor, señor Kunne, no ofenda mi educación. Le garantizo que todos mis sentidos han permanecido atentos en sus ilustres lecciones. Lo que sucede es que…

«¿Disculpa?», lo cortó la voz resentida de Bryant dentro de su cabeza: «Aunque no lo creas, lo hago lo mejor que puedo… Por si se te olvidó, también estoy sometido a la presión del Verzaik.»

«No te lo decía a ti, imbécil». Rechazó Astucieus fastidiado. A duras penas contuvo las ganas de torcer el gesto. «Estoy hablando con el idiota de Érix, no me provoques más de lo que él lo hace.»

«Ah… En ese caso, sólo recuerda no perder los estribos.»

«El que va a perder algo serás tú si no cortas la comunicación…»

Silencio.

—¿Y bien, señor Thrampe? —insistió Érix de brazos cruzados, ya sin avanzar.

—Lo que sucede es que no he tenido la oportunidad de informarle de algo sumamente importante —dijo con soltura pero a la vez, con porte y seriedad—. El quinto al mando me notificó a medio día que la señorita Beryl Wonna se encuentra de visita en la pirámide, y que se ha instalado en la morada, por órdenes expresas de su hermana Elina. Me encantaría continuar con el tema de conversación —agregó al verlo abrir la boca, seguro para regañarlo por no haberle avisado antes—, pero me parece que deberíamos apresurarnos a llegar a la morada, y así darle la bienvenida a la señorita Wonna.

Érix lució pensativo unos segundos, mas al final asintió.

—De acuerdo. Teletranspórtenos hasta allá.

Astucieus le ofreció su brazo, y juntos desaparecieron tras una explosión de luz. Reaparecieron en los pasillos de la morada, con tan buena suerte que vieron a lo lejos una figura femenina caminar en su dirección.

Astucieus sintió que la sangre le escocía las venas. Era ella, en verdad se había atrevido a ir hasta allí, podría reconocer su sensual caminar aunque le arrojasen tierra en los ojos. Érix Kunne se le adelantó, él necesitó de varias respiraciones para poder serenarse y darle alcance.

—Mi estimada señorita Wonna —empezó el hombre con timbre encantador—. Nos hemos enterado de su llegada, pero el deber nos ha impedido venir a recibirla, espero sepa disculpar nuestro retraso.

—Señor Kunne —la mujer permitió que él le besara el dorso de la mano—, un gusto y un honor verle. Por favor, no se preocupe por mí, ya su hermana y el señor Dikoudis se han encargado de mi instalación —sus ojos se posaron en Astucieus, magnéticos y hechizantes—. Señor Thrampe, espero disculpe mi repentina llegada, pero su última visita despertó en mí la imperiosa necesidad de visitar a mi benefactora.

Astucieus esbozó una sonrisa torcida.

—Para nada, señorita Wonna —dijo, aliviado en parte por el hecho de que al menos, Beryl tuviese la decencia de no comentar nada acerca de la predicción sobre Elizabeth—, siempre será usted bienvenida.

—Pero por favor, permítame escoltarla al comedor —invitó Érix galante—, seguro han preparado un banquete para recibirla.

—Oh, no, señor —contestó Beryl educada—. Sin dudas su hermana lo ha sugerido, pero me temo que he rechazado su propuesta. Prefiero cenar mejor con mi protectora, que a fin de cuentas, he venido aquí para estar con ella. Cenaré en el comedor general, si no le importa.

—En lo absoluto —cabeceó Érix—. Entonces, supongo que el señor Thrampe puede acortarle camino, ¿cierto?

—Será un placer.

—No me gustaría molestarlo —intentó zafar ella.

—Para nada es molestia —insistió el hombre. Costara lo que le costara, iba a averiguar cuáles eran las verdaderas intenciones de la mujer—. Por favor, permítame ahorrarle el tortuoso descenso de escaleras.

Beryl asintió, sus finos labios se curvaron en una sonrisa que estremeció a Astucieus.

—Si así lo dispone…

Sujetó el brazo de Astucieus con delicadeza, a lo que él inició el proceso de desaparición.

Lo que Beryl no sabía, es que el Garque no iba a teletransportarla precisamente al comedor general.

O tal vez, sí lo sabía. Después de todo, sus predicciones, al igual que las de su madre, siempre se habían cumplido.



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